
Microdramas nacidos en China y adoptados por Hollywood: el formato vertical desembarca en Argentina con versus entre Olga y Luzu.
En la historia de los formatos audiovisuales, pocas mutaciones fueron tan rápidas —y tan sintomáticas— como la de los dramas verticales: ficciones serializadas en episodios de uno a dos minutos (a veces hasta cinco), pensadas para consumirse en el teléfono, en vertical, con la lógica del scroll y la recompensa inmediata. Durante años, el mercado los miró como un exotismo chino; en 2026, la industria ya los trata como un nuevo riel de monetización y, sobre todo, como un laboratorio aplicado para la economía de la atención. Argentina, siempre permeable a la hibridación entre redes, streaming y televisión, acaba de sumar su propia fase inicial: Olga y Luzu entraron a la competencia con producciones nativas del formato, en un duelo local que no es solo de contenido, sino de modelo cultural: quién entiende mejor el pulso del feed, quién domina el ritmo del gancho y quién convierte una marca de streaming en una fábrica de hábito.
El fenómeno nació y se perfeccionó en China bajo el paraguas de los duanju (microdramas). La receta es quirúrgica: títulos clickbait, conflictos instantáneos y cliffhangers sistemáticos. En el diagnóstico que ya circula como lugar común, se trata de “televisión para la generación TikTok”. Pero reducirlo a la atención menguante sería incompleto: los verticales son, además, la respuesta empresarial a un consumo fragmentado que exige ficción sin el costo —ni los tiempos— de la ficción “prestigio”. No por casualidad, la prensa británica registró el boom como un mercado global con proyecciones de dos dígitos y un comportamiento cercano al gaming: episodios gratis al inicio y luego pago por desbloqueo, con monedas o suscripciones semanales. El punto no es solo “ver”, sino seguir: el relato se diseña como una pendiente, una sucesión de microdecisiones donde la curiosidad vale plata. Nota completa en Bio. © Revista Noticias




