
El Ministerio de Cultura confirmó la muerte de Darío Lopérfido y con ese anuncio se cerró un capítulo decisivo de la política cultural argentina de las últimas décadas.
No se fue solo un exfuncionario: se fue uno de los arquitectos de la identidad cultural porteña moderna, el hombre que ayudó a instalar a Buenos Aires en el mapa internacional del teatro y el cine independiente.
“Darío Lopérfido fue un gestor cultural que dejó una huella profunda en la identidad cultural porteña. Su paso por la función pública estuvo marcado por la decisión de impulsar instituciones y festivales que hoy forman parte central de nuestra vida cultural”, expresó la actual ministra de Cultura porteña, Gabriela Ricardes, en un mensaje oficial que sintetiza el impacto de una figura que nunca pasó inadvertida.
Hablar de Lopérfido es hablar de una etapa de profesionalización y expansión del ecosistema cultural de la Ciudad.
Su nombre quedó asociado a la creación y consolidación de plataformas que transformaron el calendario artístico local y que, con el paso de los años, se convirtieron en marcas registradas de Buenos Aires.
Cuando en 1997 se realizó la primera edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), la apuesta parecía ambiciosa para una ciudad que todavía buscaba reposicionarse tras los vaivenes económicos y políticos de la década.
Sin embargo, aquel impulso inicial terminó sentando las bases de un evento que hoy es referencia obligada del teatro contemporáneo en América Latina.
Dos años después, en 1999, bajo su gestión como ministro de Cultura de la Ciudad, nació el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).
La decisión de apostar por el cine independiente no fue menor: implicaba abrirle espacio a producciones fuera del circuito comercial dominante y tender puentes con realizadores de todo el mundo.
Con el tiempo, el BAFICI se consolidó como una vidriera clave para el cine de autor y como una plataforma de lanzamiento para nuevos directores argentinos.
Hoy resulta difícil pensar la agenda cultural porteña sin ese festival que cada año convoca a miles de espectadores y profesionales del sector audiovisual.
Su paso por el Teatro Colón también marcó un período significativo. Como director general y artístico del principal coliseo porteño, Lopérfido impulsó una etapa de fortalecimiento institucional y de proyección internacional.
El Colón, símbolo indiscutido de la lírica y la música académica en la Argentina, atravesó bajo su conducción una estrategia orientada a consolidar su posicionamiento global y a ampliar su programación.
En un contexto de debates intensos sobre la gestión cultural, su figura volvió a estar en el centro de la escena, generando adhesiones y críticas en partes iguales.
No fue un funcionario neutral ni un gestor silencioso. Su estilo frontal y sus posiciones públicas, en más de una oportunidad, desataron controversias que trascendieron el ámbito cultural.
Sin embargo, incluso quienes cuestionaron sus posturas reconocieron que su gestión dejó estructuras, festivales e instituciones que siguen funcionando y creciendo.
Ese es, en definitiva, uno de los datos objetivos que atraviesan cualquier balance: las políticas culturales que impulsó no quedaron en anuncios, sino que se tradujeron en eventos concretos que sobrevivieron a los cambios de administración.
La Ciudad de Buenos Aires consolidó en las últimas décadas un perfil cultural dinámico, con una agenda que combina teatro, cine, música y artes visuales de alcance internacional.
En ese proceso, la gestión de Lopérfido aparece como uno de los momentos fundacionales de esa proyección externa.
La idea de Buenos Aires como capital cultural regional, capaz de dialogar de igual a igual con otras grandes metrópolis, fue una línea estratégica que atravesó su paso por la función pública.
El Ministerio de Cultura, en su comunicado, acompañó a sus familiares y amistades y extendió sus condolencias a quienes compartieron con él la tarea de fortalecer la vida cultural del país.
Más allá de las diferencias políticas o ideológicas que su figura pudo haber despertado, su nombre quedó inscripto en la historia reciente de la gestión cultural argentina.
La creación del FIBA, el nacimiento del BAFICI y la conducción del Teatro Colón no son hitos menores: forman parte de la estructura cultural que hoy define a la Ciudad.
La muerte de Darío Lopérfido abre, inevitablemente, una instancia de revisión sobre el rumbo que tomó la política cultural porteña en las últimas décadas.
También deja en evidencia la importancia de contar con gestores capaces de diseñar políticas sostenidas en el tiempo. Su legado, con luces y sombras, seguirá siendo materia de análisis en el ámbito cultural y político.
Se va un protagonista de una etapa clave para Buenos Aires. Las instituciones que ayudó a construir continúan activas y convocantes.
Ese, quizás, sea el dato más contundente: su huella permanece en la programación, en las salas y en los festivales que hoy forman parte central de la vida cultural argentina.



