
El Parque Thays, en pleno corazón de Recoleta, fue escenario de una transformación largamente esperada por vecinos, paseadores y dueños de mascotas.
La intervención en los caniles no sólo responde a una demanda concreta, sino que también expone una problemática frecuente en los espacios verdes urbanos: el crecimiento del uso recreativo con animales sin la infraestructura adecuada para acompañarlo.
“Era un lugar muy usado, pero no siempre seguro. Los perros se escapaban o había conflictos entre ellos”, comentó uno de los habituales del parque, reflejando una situación que durante años fue parte del paisaje cotidiano en este sector de la Comuna 2.
Lo que encontré al analizar la obra es que el punto de partida era claramente deficitario. Los caniles existentes contaban con muros bajos, sin rejas ni cerramientos complementarios, lo que generaba un perímetro vulnerable.
Esa falta de contención no solo complicaba el control de ingreso y egreso de los animales, sino que además incrementaba los riesgos: escapes, enfrentamientos entre perros y una sensación generalizada de desorden.
En términos urbanos, se trataba de un espacio subdimensionado para la intensidad de uso que registraba diariamente.
La intervención apuntó directamente a esos problemas estructurales. En primer lugar, se amplió la superficie destinada a los caniles. Este punto no es menor: al aumentar el espacio disponible, se reduce la sobrecarga, se mejora la circulación interna y se permite que más usuarios puedan utilizar el sector en simultáneo sin generar saturación.
En ciudades densas como Buenos Aires, donde cada metro cuadrado cuenta, esta decisión impacta de forma directa en la calidad de uso.
Otro eje clave fue la reconstrucción del perímetro. Se levantó un muro más sólido que permitió la instalación de rejas específicas para caniles, logrando un cerramiento efectivo.
Este cambio redefine completamente la dinámica del lugar: ahora hay control real del espacio, se minimizan las fugas y se genera un entorno más previsible tanto para los animales como para las personas.
También se incorporó un sistema de accesos con doble puerta, distribuidos estratégicamente. Este mecanismo, habitual en caniles bien diseñados, funciona como una “cámara de seguridad” que evita escapes al momento de entrar o salir.
En la práctica, ordena el flujo de usuarios y reduce significativamente los riesgos, especialmente en momentos de alta concurrencia.
Un aspecto interesante que pude observar es la mejora en la accesibilidad. Se habilitó un nuevo ingreso desde la calle Facundo Quiroga, además de accesos directos a los caniles desde ese punto.
Esto responde a una lógica concreta: muchos paseadores trasladan varios perros en vehículo, y acercar el acceso reduce tiempos, esfuerzo y posibles situaciones de estrés para los animales. Es una solución funcional que conecta el diseño con el uso real.
La intervención no se limitó al perímetro del canil. También se extendieron y formalizaron los caminos internos del parque, integrando el sector renovado con el resto del espacio verde.
Esta conexión mejora la circulación general y evita la fragmentación, algo fundamental para que el parque funcione como un sistema coherente y no como áreas aisladas.
Dentro del canil, la organización también cambió. Se generaron sectores diferenciados, lo que permite separar perros según tamaño o comportamiento, reduciendo conflictos.
A esto se suma la incorporación de canillas de agua, un elemento básico pero muchas veces ausente, que garantiza la hidratación de los animales, especialmente en jornadas de altas temperaturas.
Desde una mirada más amplia, lo que se logró es transformar un espacio problemático en un área funcional, segura y adaptada a la demanda actual.
No se trata solo de una mejora estética, sino de una intervención que redefine el uso cotidiano del lugar.
Los cambios introducidos impactan directamente en la convivencia, en la seguridad y en la experiencia de quienes utilizan el parque.
El resultado final muestra un canil más ordenado, con reglas implícitas claras y condiciones que favorecen el uso responsable.
La ampliación, la sectorización y los nuevos accesos permiten que la convivencia entre perros sea más equilibrada, reduciendo tensiones y situaciones de riesgo.
En definitiva, el Parque Thays suma un espacio renovado que responde a una necesidad concreta y que, bien utilizado, puede convertirse en un modelo replicable para otros espacios verdes de la ciudad.



