
La artista y exploradora presenta una obra hecha de cerámica, azul cobalto y memoria, que invita a repensar la mesa como territorio simbólico.
¿Cuántas historias puede contener un plato? María Laura Pini se hizo esa pregunta y la respondió con una instalación tan simple como conmovedora: 62 platos y medio, cada uno distinto, pintados a mano con azul cobalto, dispuestos sobre una tarima en pleno centro del patio del museo. Una obra que, apenas la ves, te obliga a detenerte.
«Hay una mesa quieta puesta con dedicación amorosa», cuenta la artista, y esa frase resume bastante bien de qué se trata este trabajo: no es solo cerámica, es un gesto cargado de intención, pensado hasta en el más mínimo detalle.
Te cuento en qué consiste esta propuesta que ya empieza a dar de qué hablar:
- Son 62 platos y medio, ninguno igual al otro, todos pintados con azul cobalto.
- Están dispuestos sobre una tarima ubicada en el centro del patio del museo.
- La base incorpora intervenciones sutiles hechas a lápiz, que suman capas de sentido al relato general.
- La escala exagerada y la repetición de las piezas buscan generar una pregunta constante en quien la observa: ¿es una mesa? ¿una invitación? ¿un infinito?
Lo interesante es que la obra no se queda solo en lo visual. Pini trabaja también con el olfato y el gusto: el aroma a tuco o puchero se mezcla con el color cobalto y remite, casi sin querer, a las porcelanas chinas y japonesas, o a la vajilla inglesa y de Dresden. Es una manera de traer de vuelta rituales de comunidades enteras, esos que muchas veces se dan por sentado pero que en realidad sostienen algo mucho más profundo: el encuentro. 

Y ahí está, para mí, el corazón de esta propuesta: la idea de que lo cotidiano —una mesa servida, un plato compartido— puede transformarse en algo sagrado apenas le prestamos atención. La artista habla de «lo circular» como movimiento infinito, de cómo todo vuelve: el hambre, la espera, la celebración, el encuentro y también la despedida. Incluso plantea algo hermoso sobre la imperfección, sobre esos platos rotos que en lugar de representar una pérdida, funcionan como promesa de que todo puede volver a empezar, distinto, con la belleza propia del error. Es una reflexión que va mucho más allá del arte: habla de la memoria familiar, de los vínculos que se construyen alrededor de una mesa y de todo eso que no necesita palabras porque simplemente se ofrece.
Al final, «62 platos y medio» no es solo una instalación para mirar de lejos: es una invitación a sentarse, aunque sea con la mirada, y reconectar con los rituales que nos hacen comunidad. 



