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Fernando Botero y el volumen en el arte

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Fernando Botero nació el 19 de abril de 1932 en Medellín, en el seno de una familia humilde. Fue el segundo de tres hermanos, que sufrieron la pérdida de su padre cuando aún eran niños y muy jóvenes tuvieron que ayudar en la economía del hogar que sostenía su madre con arreglos y costuras.

Botero tomó el camino más difícil de todos los posibles, se dedicó al arte en una ciudad pequeña que aún respiraba cierto aire campesino, pese a ser el lugar donde surgieron las grandes empresas y de ser cuna de los industriales del país.

A los 15 años le vendió a uno de los vecinos de su casa sus primeros dibujos por unas pocas monedas. Hoy sus obras se cotizan en millones de dólares y los personajes de sus cuadros y esculturas, reconocidos por su volumen, han estado colgados en grandes museos y sus esculturas expuestas en las calles de ciudades como París y Nueva York.

A los 16 años y cuando aún no terminaba el colegio, Botero publicó sus primeras ilustraciones en la revista dominical del diario El Colombiano de Medellín. Tres años después marchó a Bogotá para dedicarse de lleno a la pintura.

Como muchas de las historias de los artistas plásticos, Botero no solo fue pobre en su infancia, lo fue en su juventud, incluso cuando ya era padre de sus tres primeros hijos, como lo recordó este martes Juan Carlos Botero, al rememorar los años de las sopas con ojos de vidrio y las historias que su padre les contaba para disimular las penurias económicas.

Botero fue siempre fiel a su vocación. A los 19 años realizó su primera exposición en Bogotá y en 1952, con un premio nacional de pintura y unos pocos pesos, viajó a Europa en un barco italiano, en el inicio de un camino sin retorno. Al artista lo une desde entonces un lazo entrañable con Italia.

En Europa, el joven artista se inscribió en la Academia de San Fernando de Madrid, vivía de vender ilustraciones a las afueras del Museo del Prado, luego se trasladó a Italia y estudió en la Academia de Bellas Artes de Florencia, en medio de precariedades económicas.

“Mis años en Florencia los considero como los más importantes de mi formación”, ha recalcado el artista en varias entrevistas, al sostener que su familiaridad con las obras del renacimiento italiano y su conocimiento a profundidad del arte de ese país del siglo XIV son el eje de su pintura.

Según Juan Carlos, el artista halló en 1956 la veta de su obra, el volumen. Aquello ocurrió mientras dibujaba una mandolina, pero solo 14 años después y luego de vivir en México y Nueva York, las puertas del ámbito artístico internacional se abrieron para él cuando Dietrich Malov, el director del Museo Alemán, llevó a ese país su obra para exponerla.

Contra la corriente de aquella época, dominada por la pintura abstracta, Botero logró posicionarse con sus toreros, sus prostitutas, sus sacerdotes, sus músicos y esa vida de pueblo Latinoamericano llena de volumen y color, rompiendo con los esquemas y convirtiéndose, de paso, en uno de los artistas más expuesto, dado que sus obras se han paseado por galerías, museos y lugares emblemáticos de París, Tokio, Nueva York y Roma.

La extensa obra de Botero está en manos suyas, de marchantes o de coleccionistas y valuada en millones de dólares.

Sin embargo, de todas sus colecciones, tal vez la que más eco tuvo fue la relacionada con los excesos de los soldados estadounidenses en la prisión en Abu Ghraib, en Irak.

Pero ese no ha sido el único tema que Botero ha trabajado en pinturas y esculturas, también le ha dedicado tiempo a asuntos como la vida en el circo, la violencia en su país, incluso a la muerte de su cuarto hijo, Pedro, quien falleció en un accidente de tránsito en España cuando apenas tenía cuatro años.

Este martes, el colombiano vivo más universal, cumplió 90 años, pese a que hace una década, cuando celebró sus 80 años con festejos en su país, hablaba de la cercanía de la muerte. (ANSA).

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