
La Semana de las Personas Sordas volvió a poner en agenda, durante septiembre, la importancia de garantizar la accesibilidad y el reconocimiento de la Lengua de Señas Argentina como un derecho humano.
Monumentos iluminados de azul, encuentros con organizaciones de la comunidad y actividades culturales sirvieron como recordatorio de que la inclusión no debe ser un gesto aislado, sino una política sostenida en el tiempo.
“Cada año, este espacio busca visibilizar nuestros derechos y que se comprenda que la Lengua de Señas es parte de la identidad de la comunidad sorda”, expresó la Confederación Argentina de Sordos (CAS), una de las entidades que lleva adelante las iniciativas junto a la Federación Mundial de Sordos.
La conmemoración tiene un peso particular en nuestro país: no solo se trata de una adhesión a una campaña internacional, sino también de un acto de reafirmación de derechos reconocidos por leyes nacionales y tratados internacionales.
El viernes 19 de septiembre, la Ciudad de Buenos Aires se vistió de azul para dar un mensaje claro. El Planetario, el Puente de la Mujer y el Monumento de los Españoles se iluminaron en tono celeste, mientras que en Rosario fue el Monumento a la Bandera el que marcó presencia.
Edificios emblemáticos como el Congreso de la Nación y el Banco Nación también se sumaron a la propuesta. La postal fue contundente: los espacios públicos se transformaron en escenario para un reclamo justo y necesario.
Pero detrás de las luces hay una historia más profunda. La comunidad sorda viene reclamando desde hace décadas igualdad de oportunidades y accesibilidad plena.
No se trata solo de que se reconozca la Lengua de Señas Argentina, sino de que exista una implementación real en la educación, la salud, la justicia, los medios de comunicación y todos los ámbitos donde la barrera de la incomunicación suele generar exclusión.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, más de 430 millones de personas en el mundo tienen pérdida de audición discapacitante, y en Argentina, distintos relevamientos estiman que más de 700 mil personas forman parte de la comunidad sorda. Sin embargo, aún persisten desigualdades que los dejan al margen de derechos básicos.
Durante la semana conmemorativa, también se recordó el Día Nacional de las Personas Sordas en Argentina, celebrado cada 19 de septiembre en memoria de la fundación de la primera escuela para sordos del país en 1885.
A nivel internacional, se destacó el Día de las Lenguas de Señas, proclamado por la ONU en 2017 y que cada 23 de septiembre convoca a los Estados a reconocer la importancia de estas lenguas para la identidad cultural.
Estos hitos funcionan como recordatorios oficiales, pero sobre todo como oportunidades para profundizar en la construcción de una sociedad más justa.
En paralelo, la Subsecretaría de Discapacidad del Gobierno de la Ciudad organizó un encuentro con distintas organizaciones de la comunidad sorda. Allí participaron la CAS, la Asociación Argentina de Sordos, Casa Hogar, Canales, Fundasor, Manos en Movimiento y Fundación IIDE.
Fue un espacio de diálogo, donde se compartieron proyectos en marcha y se delinearon propuestas para avanzar en políticas públicas inclusivas. La presencia de tantas instituciones reflejó un compromiso colectivo que trasciende lo simbólico.
El marco legal también tuvo su lugar en la agenda. En 2008, Argentina ratificó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad mediante la Ley 26.378.
Este instrumento internacional obliga al Estado a garantizar accesibilidad, autonomía e igualdad, reconociendo a la lengua de señas como un derecho humano fundamental.
Sin embargo, en la práctica, aún hay grandes deudas pendientes: la falta de intérpretes en hospitales, la escasa presencia en noticieros y la demora en incorporar plenamente la lengua de señas en la educación son ejemplos concretos de los desafíos que persisten.
Como periodista, al recorrer estas actividades, advertí que lo que se busca no es compasión ni caridad, sino reconocimiento y respeto.
Se trata de que la sociedad deje de ver la sordera como una carencia y la entienda como una forma distinta de estar en el mundo, con su propia cultura, su propia lengua y su derecho a la participación plena.
Los monumentos iluminados de azul son un símbolo poderoso, pero el verdadero cambio llegará cuando la accesibilidad comunicacional sea parte de la vida cotidiana de todos.
La Semana de las Personas Sordas nos recuerda que aún queda mucho por hacer, pero también que la comunidad sigue de pie, organizada y con la convicción de que sus derechos no son negociables.
Como sociedad, tenemos la responsabilidad de acompañar ese camino con políticas inclusivas, empatía y acciones concretas que derriben barreras.



