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Recoleta fue escenario de un homenaje clave al empresario Enrique Shaw

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En el corazón del Cementerio de la Recoleta, donde la historia argentina respira entre mausoleos y mármoles centenarios, se volvió a poner en escena una figura que, lejos de apagarse con el tiempo, gana espesor simbólico: la de Enrique Ernesto Shaw.

En un contexto marcado por su inminente camino hacia la beatificación, el homenaje realizado por familiares, autoridades porteñas, representantes de la Iglesia y del mundo empresario no fue solo un acto conmemorativo, sino una reafirmación de valores que hoy, más que nunca, vuelven a ponerse en discusión.

“Un beato es un don que Dios nos da. Es alguien en quien la comunidad reconoce una huella concreta de la presencia de Dios en el mundo”, explicó el padre Gastón Lorenzo durante la ceremonia, sintetizando en pocas palabras el significado profundo de un proceso que, en el caso de Shaw, ya dio un paso clave con la aprobación unánime de sus virtudes por parte de la Comisión de Teólogos.

Lo que ocurrió en Recoleta fue, en términos periodísticos, mucho más que un acto formal. Desde el inicio, pasadas las 18, el encuentro estuvo atravesado por una lógica de reconstrucción: se trató de volver sobre la vida de un empresario que supo conjugar, sin estridencias, la rentabilidad con la dignidad humana.

En un país donde la tensión entre capital y trabajo suele ser estructural, la figura de Shaw aparece como una excepción que interpela.

A lo largo de su trayectoria, Shaw promovió una concepción empresarial anclada en la Doctrina Social de la Iglesia, pero con una aplicación concreta, tangible.

No se trataba de discursos abstractos sino de decisiones reales: condiciones laborales, vínculos con los empleados, y una ética de gestión que hoy podría definirse como adelantada a su tiempo.

En ese sentido, su paso por la empresa Rigolleau se transformó en un laboratorio de prácticas donde el trabajador no era un recurso más, sino el eje del sistema productivo.

Durante el acto, su hija Elsa Shaw aportó una dimensión íntima que permitió comprender mejor el entramado humano detrás del dirigente.

Su relato, atravesado por la memoria familiar, mostró a un padre cercano, afectuoso y profundamente comprometido con su entorno.

“Nuestra casa era una casa de ángeles”, recordó, en una frase que no solo habla de la dinámica familiar sino de una forma de vivir la cotidianeidad con sentido trascendente.

A su vez, la intervención de su nieta, Sara Critto, introdujo una mirada más conceptual sobre el legado de Shaw.

Su testimonio puso el foco en una idea que, en el contexto actual, adquiere una relevancia particular: la de una empresa que se pregunta cuánto es justo ganar, en lugar de cuánto se puede maximizar.

Esa lógica, que desafía los paradigmas clásicos del mercado, se materializó en decisiones concretas, como la de evitar despidos incluso en momentos críticos.

El episodio de 1961, cuando Shaw —ya enfermo de cáncer— se opuso a la desvinculación de trabajadores y logró revertir la situación mediante argumentos económicos y modernización productiva, funciona hoy como un caso testigo de liderazgo ético.

También tomó la palabra Ana Pico, directora de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, quien destacó la vigencia del pensamiento de Shaw en el ámbito corporativo actual.

Según expresó, su figura no se agota en una dimensión espiritual, sino que constituye un modelo replicable en términos de gestión.

En un escenario global donde las discusiones sobre responsabilidad social empresaria, sustentabilidad y gobernanza ocupan un lugar central, el legado de Shaw aparece como una referencia anticipatoria.

La presencia de autoridades del Gobierno de la Ciudad, como Guadalupe Rossi e Ignacio Salaberri, reforzó el carácter institucional del homenaje, mientras que la participación de la Iglesia aportó el marco simbólico necesario para comprender el alcance del proceso de beatificación.

Este camino, que incluye la validación de virtudes heroicas y la eventual comprobación de un milagro, no solo posiciona a Shaw dentro de la tradición católica, sino que también lo proyecta como una figura de relevancia social más amplia.

El cierre, a cargo del Coro Rendezvous, aportó un tono emotivo que terminó de consolidar el clima del encuentro. La música, en este caso, funcionó como un puente entre lo conmemorativo y lo celebratorio, entre la memoria y la proyección.

Lo que queda, después de este homenaje, es la sensación de que la figura de Enrique Shaw no pertenece únicamente al pasado.

Su historia, lejos de cristalizarse, sigue dialogando con el presente y planteando preguntas incómodas pero necesarias sobre el rol del empresario, el sentido del trabajo y la posibilidad de construir modelos más humanos dentro del sistema económico.

En ese cruce entre fe, ética y gestión, su legado encuentra hoy una nueva oportunidad de ser leído y, quizás, aplicado.